En medio del ruido de los carros y el ajetreo de las calles de Castilla, está Rafael Gamboa de 36 años, su familia está conformada por dos hijas, Estefanía y Katherine de 8 y 15 años y su esposa Carmen con la cual ya no vive pero aún se ayudan el uno al otro.
Su historia es un poco triste, nació en Tenjo, sus padres viajaron hasta Santander y lo entregaron a sus abuelos a los 3 meses de edad cuando el nisiquera tenía uso de razón. Desde joven trabajó en una panadería para ayudar con lo de la “comidita”, decía, con un poco de pena mientras desgranaba las mazorcas y las organizaba en bolsas de plástico.
A sus cortos 15 años de edad este hombre trabajador decidió buscar nuevas oportunidades de “progreso” en Bogotá, pero desafortunadamente se encontró con que el concepto de progreso que el imaginaba está ligado con horas arduas de trabajo acompañadas por el sol encandecente de la capital y la indesición de algunos clientes que en ocasiones solo pasan y preguntan el precio de los víveres sin llevar ni siquiera una librita de cebollas.
A Rafael se le puede encontrar ubicado en frente del supermercado Carulla del barrio Castilla, siempre esperando pacientemente a que alguien llegue a comprar sus productos, tomates, cebollas, arvejas y mazorcas desgranadas y el gran surtido de flores que adorna la esquina de la calle 77 con 8, rosas, astromelias y pompones que compra en la plaza de Paloquemao para después venderlas entre los $ 2.000 y $ 5.000.
Con las manos llenas de tierra, sin importar lo cansado y agotado que se pueda sentir por el trajín diario, Rafael, trabaja desde las 8:30 a.m. hasta las 9:00 p.m. de lunes a viernes y el fin de semana algunas veces su esposa lo reemplaza en el negocio. “Carmen a veces me da una manito para que yo pueda estarme con mis hijas y echarme un motosito”.
Su vestimenta desgastada y decolorada habla por si sola de las largas jornadas que permanece en aquella calle, lleva una gorra de un tono azul blancuzco, una chaqueta gris con la cremallera a medio cerrar y una sudadera negra decolorada que ayuda a desvanecer su rostro aún jovial.
Las ganancias que le deja su negocio parecen escucharse muy atractivas, $ 80.000 diarios cuando el sol inaguantable y la lluvia incesante no hacen presencia por el cielo del barrio que abrió sus puertas para darle la oportunidad de trabajar dignamente, trabajo que para los negocios aledaños como por ejemplo Carulla no es muy bueno ya que tienen que compartir el anden no solo con Rafael sino con otros vendedores que se han apropiado del sitio buscando la manera de conseguir unos cuantos pesos para ayudar a sostener a sus familias.
“Me gustaría cambiar de trabajo”, balbuceaba mientras una cliente había decidió marcharse después de varios intentos de Rafael de convencerla para que llevara unas guayabas aunque estuvieran magulladas, “llévelas “mona”, se las dejo bien baraticas”. La expresión de su cara lo decía todo sin necesidad siquiera de hablar, ahora entre sus planes está el querer volver a ejercer el oficio de panadero aunque es conciente de que es igual de esclavizante al trabajo que desempeña ahora y que tampoco tiene mucha oportunidad de compartir con sus hijas.
“Cuando me enfermo, prefiero no ir al médico porque pierdo platica”, en este trabajo me toca aguantar las duras y las maduras, no tengo derecho ni siquiera a enfermarme porque aunque mi esposa y yo nos la llevamos bien no me perdona la cuotica para el colegio y la comida de las niñas.
“Pierdo $140.000 cuando la Policía se lleva mi carretilla , y todo por culpa de las quejas de los almacenes”, expresaba mientras su mirada tímida con los ojos aguados se perdía entre las personas que transitaban por el lugar, se le veía un poco cansado y además la hora de ir a casa ya se estaba acercando, el reloj marcaba las 8:30 de la noche, pero antes como todos los días antes de marcharse a descansar, debe pasar hasta el parqueadero del frente a buscar a John Freddy quien además de cuidar los carros de los clientes del almacén y de los sitios aledaños, cuida también de la vieja carretilla de Rafael en las noches y le cobra por el servicio $ 5.000 diarios.
Y así transcurren los días de un hombre luchador como Rafael que a pesar de los golpes que la vida le ha propinado permanece con una sonrisa en su rostro, sonrisa que el dinero no puede comprar porque no tiene valor.

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