Me encontraba allí, en el momento preciso, renegaba de mi situación y estaba llena de odio debido a situaciones que han sucedido a lo largo de mi vida, Así que decidí salir a dar una vuelta por el barrio en donde vivo para poder entretener mi mente. Entré a una tienda a comprar algunas cosas que necesitaba y la expresión de amargura en mi rostro no cambiaba, pero Dios se hizo presente, estaba ahí, mostrándome algo muy triste que está dentro de las cosas que no soporto y no me explico de la vida, justo en ese instante me olvidé de mi propia situación, fue suficiente solo ver su mirada perdida y su rostro inclinado hacia el suelo y recordé como era yo a su edad y la diferencia era un gran abismo; tuve a mi madre a mi lado sosteniendo mis primeros pasos y cuidándome de los fantasmas que veía en la noche en medio de mis pesadillas, del frió inclemente y de los rayos ardientes de sol; de esa manera transcurrió mi infancia, disfrutando los días y las noches acompañada de los abrazos y dulces palabras de la mujer que quiso traerme al mundo.

De repente, deje de pensar en mi mamá y volví la mirada a esos ojos claros, a sus pequeñas manos y en un instante escuche palabras que salían de su boca pidiendo una sustancia pegajosa para arreglar sus zapatos, eso fue lo que dijo, seguramente lo hace sentir en otro planeta, probablemente es uno de sus juegos favoritos que le enseñaron sus padres y la calle para que el hambre y el frío sea menos mortificante, pero la señora que atendía el negocio supo que no debía venderle esa sustancia que no siempre es para remendar unos zapatos utilizado para pegar calzado.

Sólo pensé en brindarle algo de beber, seguramente estaba sediento y cansado de ese ritmo de vida a tan corta edad ¿acaso a sus padres no les gusta disfrutar de su compañía? ¿No les gusta escuchar la dulzura de su voz? Muchas más preguntas pasaron por mi cabeza, ninguna tuvo respuesta; le sugerí que pidiera lo que quisiera y se sintió atraído por un jugo y un paquete de papas que no tuvo por más de cinco minutos en sus manos porque además estaba con sus hermanos y algunos amigos de su barrio que contribuyeron a no dejar ni una gota de jugo en la botella y mucho menos rastro de las papas.

Al cabo de un rato quise entablar una conversación más profunda con él, pero no accedió, estaba muy temeroso, le pregunté por sus papas y me dijo que estaban en la casa y que su madre lo mandaba a cuidar carros y a pedir dinero con sus hermanos para poder tomar al menos una agua de panela al desayuno, o en su defecto comprar bóxer.

Eran cuatro los que lo acompañaban y solo uno era su hermano, los otros eran mayores. Sin embargo, ninguno pasaba de la edad de los doce años, lo más triste fue que lo único que encontré en ellos eran actitudes agresivas acompañadas de comportamientos inimaginables que nunca serán los de un niño que ha tenido el cariño de sus padres y un techo en donde dormir, fue tanta mi angustia que me dirigí a un café Internet para consultar la pagina del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar con el objetivo de averiguar si podía hacer algo por esos niños, pero salí con mis ilusiones rotas ya que para darles esa pequeña ayuda y así evitar que los maltrataran sus progenitores tal y como me lo dijeron ellos con voz quebrantada, era precisamente vivir su situación de cerca y poder tener pruebas para denunciar lo que hacían con estas personitas indefensas.

Para concluir el relato de esa vivencia me convencí a mi misma de no ser la única que puede llegar a tener dificultades, por ese motivo volví a mi casa feliz sin renegar de mi situación porque me dí cuenta de que siempre encontraría a alguien esperando por mí.

Con este escrito no pretendo que sintieran lastima de los niños de esta historia, simplemente que tomaran conciencia que muchos de los que estamos aquí, y, si no me equivoco ninguno ha vivido una situación tan dura como la de esos pequeños a los que nadie ayudará.

1 comentarios:

Hola me parece interesante tu escrito porque la verdad es que muchos sólo nos acordamos de nuestros problemas y olvidamos que los demas pueden pasar por situaciones peores.