Domingo 20 de junio del 2004, era su cumpleaños numero 30, toda su familia se había despertado con la ilusión de hacerle una celebración digna de treinta años de vida y llegar al “tercer piso”. Claudia Esperaba ansiosa la llamada de Wilson, el había prometido que la llamaría, y ella al mismo tiempo le felicitaría por el día del padre. Su hijo de 2 años había diseñado en su colegió una corbata para su papito como un regalo para tan importante fecha pero quien finalmente la recibió, fue su abuelo.

En medio del jolgorio de la ocasión, una llamada telefónica interrumpió la lectura de la receta que su madre pensaba preparar para el agasajo, su hermana subió corriendo a contestar el aparato que sonaba insistentemente, al otro lado de la bocina un hombre preguntaba con voz temblorosa: ¿Claudia se encuentra?, ella respondió sí, enseguida corrió a avisarle que alguien necesitaba hablar con ella, seguramente querían felicitarla.

Diez minutos después todo se torno oscuro a pesar de que ese día el sol brillaba como mil diamantes, la cumpleañera quebró en llanto al oír la peor noticia que jamás había escuchado, nunca pensó que una cosa así le podría suceder, si, su esposo se había accidentado y estaba lejos, fuera de Bogotá. Ella empezó a temblar como si hubiera entrado en estado de hipotermia, el interlocutor no quería decirle nada, tenía un nudo en la garganta, no quería abrir heridas en su corazón, únicamente la puso al tanto de la ubicación de Wilson, después colgó.

Claudia tomó el directorio afanosamente y empezó a buscar el teléfono de la clínica de Girardot, al encontrar el número marcó lo más rápido posible, al otro lado del teléfono contestó una enfermera, Claudia ni siquiera la dejó hablar, solo preguntaba si un muchacho moreno, estatura mediana, ojos negros y boca pequeña habría llegado allí. “Un momento señora, cálmese”, dijo la enfermera, déme el nombre completo del señor, Wilson Alfonso, respondió Claudia. Señora lamento decirle que su esposo acaba de fallecer, el accidente fue impresionante, lo siento”.

Un eterno silencio hizo presencia en las cuerdas vocales de Claudia, un mar de lágrimas
corría por sus venas cual río buscando el mar, su familia la abrazaba queriendo borrar su dolor pero ni siquiera eso funcionó para verla sonreír de nuevo, ellos también fueron sorprendidos por la muerte, nunca habían pensado en pisar tierras de sepulturas.

Una semana después de ese fatídico día, Claudia hizo presencia en ese sitio lúgubre, estaba de rodillas al frente de una de las bóvedas del sitio en donde dejó a Wilson el padre de su hijo, solo se escuchaban los lamentos que salían desde lo más profundo de su corazón. Totalmente pasmada, con rastros de dolor en su piel, sufriendo su pena mientras las lágrimas salían como cascadas de sus ojos afligidos, no paraba de abrazar a quien tenia a su lado con la intención de imitar el último abrazo que pudo haber dado al hombre que la hizo madre, antes de su última despedida.


Ahí estaba ella, con la mirada dirigida hacia el concreto, escuchando las últimas oraciones que el padrecito ofrendaba a todos los cadáveres mientras sellaban el túnel en el que ingresaría su compañero. La rodeaban las leyendas grabadas con frases de madres, esposas, amigos y conocidos de los seres que reposan entre cajones de madera y asfalto de los muertos vecinos, con flores secas y mosquitos de vuelo desesperante sobre las cabezas de los que aun viven. Claudia sentía raro el ambiente, expresó a su amiga que las flores no tenían el mismo aroma que desprenden cuando están recién arrancadas de la tierra y luego adornan un florero. “El aroma es diferente, es frío y solo se siente cuando se pierde un ser querido”. Pronunció la viuda con voz quebrantada.

De repente, suspendió el llanto y recordó la frase que un día se quedo en su memoria al pasar por un camposanto: “la vida es sagrada”. Al momento balbuceó en voz baja: “solo nos damos cuenta de que eso es cierto cuando la persona se ha ido”.

Claudia quedo para siempre con la idea en su cabeza de no querer volver a ese sitio tan desolado que imprime en cada rincón el dolor y la realidad del ciclo de la vida. Entre palabras entrecortadas en medio de los gusanos que custodian los difuntos no se detenían sus gemidos, “hasta los huesos me tiemblan con el frío de aquí, no hay horizonte, todo es gris”.

Después de haber salido del camposanto y regresar a su casa tomo a Santiago en sus brazos para decirle que lo amaba mucho, que era el recuerdo más lindo que le había dejado su padre y que por eso cuidaría de el como un tesoro, también le advirtió que nunca más volvería a verlo pero que desde arriba el velaría por el aunque el no pudiera verlo.


Your eyes tell the story


You hide your crystal tears behind your smile


As you held me, I will hold you


As I have cried into your warm shoulder, cry into mine


You try so hard to strong, my mother


But your existence, you being here to cherish


To hold, to comfort


Proves to everyone that you're strong enough


Strong enough to hold your head high,


Strong enough to keep to your feet,


So please, my mother,


Don't tear yourself up


Cry into my shoulder, my mother, my hero.




Mamá, ya casi ocho meses que sentimos tu ausencia, que duro es, parece que las fuerzas se agotaron y el aliento se ha ido sin tu presencia maternal. Tus abrazos cálidos se han quedado para siempre como un recuerdo imborrable de la mujer ejemplar que fuiste, ahora que no estas se hace notable que la alegría eras tú, que las ganas de vivir las dabas tú y por supuesto que nada será igual sin ti……

¿Como superar tu ausencia?, ¿Cuantos minutos de vida quedan sin ti?, ¿y quien vendrá a meter su mano entre mis cobijas a tomarse con las mías al comienzo del nuevo día?, son la preguntas que pasan por mi cabeza en la rutina del día a día, la rutina que nos dice que vivimos para morir, sin embargo, sigues viva en mi corazón………

No olvido como me despertabas en la mañana, escuchaba tu voz fuerte pronunciando mi nombre con un acento dulce a la vez, no olvido tampoco tus abrazos y la manera en que nos divertíamos y nos entendíamos. ¿Por qué te fuiste si me faltó decirte una vez más que te amo y que soy lo que soy gracias a ti?.

Mamá te amo con todo mi corazón y se que pude darte más de mi tiempo pero la vida cotidiana me alejó de lo realmente importante de la vida, eras tú mamá siempre incondicional y sabia en tus consejos, no hay ni habrá alguien más como tu.

Ahora me detengo a pensar y veo que la vida se nos presenta con una ironía absurda, hubiera querido que la pañoleta de color azul que me gustó tanto cuando iba caminando por la calle, la lucieras en vida combinándola con la sonrisa en tus labios que nunca desapareció, sin embargo fue la que la que cubrió tu cabeza el día de tu partida, el día en el que supe que mi camino no sería nada fácil con tu ausencia sobre mis hombros.




Me encontraba allí, en el momento preciso, renegaba de mi situación y estaba llena de odio debido a situaciones que han sucedido a lo largo de mi vida, Así que decidí salir a dar una vuelta por el barrio en donde vivo para poder entretener mi mente. Entré a una tienda a comprar algunas cosas que necesitaba y la expresión de amargura en mi rostro no cambiaba, pero Dios se hizo presente, estaba ahí, mostrándome algo muy triste que está dentro de las cosas que no soporto y no me explico de la vida, justo en ese instante me olvidé de mi propia situación, fue suficiente solo ver su mirada perdida y su rostro inclinado hacia el suelo y recordé como era yo a su edad y la diferencia era un gran abismo; tuve a mi madre a mi lado sosteniendo mis primeros pasos y cuidándome de los fantasmas que veía en la noche en medio de mis pesadillas, del frió inclemente y de los rayos ardientes de sol; de esa manera transcurrió mi infancia, disfrutando los días y las noches acompañada de los abrazos y dulces palabras de la mujer que quiso traerme al mundo.

De repente, deje de pensar en mi mamá y volví la mirada a esos ojos claros, a sus pequeñas manos y en un instante escuche palabras que salían de su boca pidiendo una sustancia pegajosa para arreglar sus zapatos, eso fue lo que dijo, seguramente lo hace sentir en otro planeta, probablemente es uno de sus juegos favoritos que le enseñaron sus padres y la calle para que el hambre y el frío sea menos mortificante, pero la señora que atendía el negocio supo que no debía venderle esa sustancia que no siempre es para remendar unos zapatos utilizado para pegar calzado.

Sólo pensé en brindarle algo de beber, seguramente estaba sediento y cansado de ese ritmo de vida a tan corta edad ¿acaso a sus padres no les gusta disfrutar de su compañía? ¿No les gusta escuchar la dulzura de su voz? Muchas más preguntas pasaron por mi cabeza, ninguna tuvo respuesta; le sugerí que pidiera lo que quisiera y se sintió atraído por un jugo y un paquete de papas que no tuvo por más de cinco minutos en sus manos porque además estaba con sus hermanos y algunos amigos de su barrio que contribuyeron a no dejar ni una gota de jugo en la botella y mucho menos rastro de las papas.

Al cabo de un rato quise entablar una conversación más profunda con él, pero no accedió, estaba muy temeroso, le pregunté por sus papas y me dijo que estaban en la casa y que su madre lo mandaba a cuidar carros y a pedir dinero con sus hermanos para poder tomar al menos una agua de panela al desayuno, o en su defecto comprar bóxer.

Eran cuatro los que lo acompañaban y solo uno era su hermano, los otros eran mayores. Sin embargo, ninguno pasaba de la edad de los doce años, lo más triste fue que lo único que encontré en ellos eran actitudes agresivas acompañadas de comportamientos inimaginables que nunca serán los de un niño que ha tenido el cariño de sus padres y un techo en donde dormir, fue tanta mi angustia que me dirigí a un café Internet para consultar la pagina del Instituto Colombiano de Bienestar Familiar con el objetivo de averiguar si podía hacer algo por esos niños, pero salí con mis ilusiones rotas ya que para darles esa pequeña ayuda y así evitar que los maltrataran sus progenitores tal y como me lo dijeron ellos con voz quebrantada, era precisamente vivir su situación de cerca y poder tener pruebas para denunciar lo que hacían con estas personitas indefensas.

Para concluir el relato de esa vivencia me convencí a mi misma de no ser la única que puede llegar a tener dificultades, por ese motivo volví a mi casa feliz sin renegar de mi situación porque me dí cuenta de que siempre encontraría a alguien esperando por mí.

Con este escrito no pretendo que sintieran lastima de los niños de esta historia, simplemente que tomaran conciencia que muchos de los que estamos aquí, y, si no me equivoco ninguno ha vivido una situación tan dura como la de esos pequeños a los que nadie ayudará.







En medio del ruido de los carros y el ajetreo de las calles de Castilla, está Rafael Gamboa de 36 años, su familia está conformada por dos hijas, Estefanía y Katherine de 8 y 15 años y su esposa Carmen con la cual ya no vive pero aún se ayudan el uno al otro.

Su historia es un poco triste, nació en Tenjo, sus padres viajaron hasta Santander y lo entregaron a sus abuelos a los 3 meses de edad cuando el nisiquera tenía uso de razón. Desde joven trabajó en una panadería para ayudar con lo de la “comidita”, decía, con un poco de pena mientras desgranaba las mazorcas y las organizaba en bolsas de plástico.

A sus cortos 15 años de edad este hombre trabajador decidió buscar nuevas oportunidades de “progreso” en Bogotá, pero desafortunadamente se encontró con que el concepto de progreso que el imaginaba está ligado con horas arduas de trabajo acompañadas por el sol encandecente de la capital y la indesición de algunos clientes que en ocasiones solo pasan y preguntan el precio de los víveres sin llevar ni siquiera una librita de cebollas.

A Rafael se le puede encontrar ubicado en frente del supermercado Carulla del barrio Castilla, siempre esperando pacientemente a que alguien llegue a comprar sus productos, tomates, cebollas, arvejas y mazorcas desgranadas y el gran surtido de flores que adorna la esquina de la calle 77 con 8, rosas, astromelias y pompones que compra en la plaza de Paloquemao para después venderlas entre los $ 2.000 y $ 5.000.

Con las manos llenas de tierra, sin importar lo cansado y agotado que se pueda sentir por el trajín diario, Rafael, trabaja desde las 8:30 a.m. hasta las 9:00 p.m. de lunes a viernes y el fin de semana algunas veces su esposa lo reemplaza en el negocio. “Carmen a veces me da una manito para que yo pueda estarme con mis hijas y echarme un motosito”.

Su vestimenta desgastada y decolorada habla por si sola de las largas jornadas que permanece en aquella calle, lleva una gorra de un tono azul blancuzco, una chaqueta gris con la cremallera a medio cerrar y una sudadera negra decolorada que ayuda a desvanecer su rostro aún jovial.

Las ganancias que le deja su negocio parecen escucharse muy atractivas, $ 80.000 diarios cuando el sol inaguantable y la lluvia incesante no hacen presencia por el cielo del barrio que abrió sus puertas para darle la oportunidad de trabajar dignamente, trabajo que para los negocios aledaños como por ejemplo Carulla no es muy bueno ya que tienen que compartir el anden no solo con Rafael sino con otros vendedores que se han apropiado del sitio buscando la manera de conseguir unos cuantos pesos para ayudar a sostener a sus familias.



“Me gustaría cambiar de trabajo”, balbuceaba mientras una cliente había decidió marcharse después de varios intentos de Rafael de convencerla para que llevara unas guayabas aunque estuvieran magulladas, “llévelas “mona”, se las dejo bien baraticas”. La expresión de su cara lo decía todo sin necesidad siquiera de hablar, ahora entre sus planes está el querer volver a ejercer el oficio de panadero aunque es conciente de que es igual de esclavizante al trabajo que desempeña ahora y que tampoco tiene mucha oportunidad de compartir con sus hijas.

“Cuando me enfermo, prefiero no ir al médico porque pierdo platica”, en este trabajo me toca aguantar las duras y las maduras, no tengo derecho ni siquiera a enfermarme porque aunque mi esposa y yo nos la llevamos bien no me perdona la cuotica para el colegio y la comida de las niñas.

“Pierdo $140.000 cuando la Policía se lleva mi carretilla , y todo por culpa de las quejas de los almacenes”, expresaba mientras su mirada tímida con los ojos aguados se perdía entre las personas que transitaban por el lugar, se le veía un poco cansado y además la hora de ir a casa ya se estaba acercando, el reloj marcaba las 8:30 de la noche, pero antes como todos los días antes de marcharse a descansar, debe pasar hasta el parqueadero del frente a buscar a John Freddy quien además de cuidar los carros de los clientes del almacén y de los sitios aledaños, cuida también de la vieja carretilla de Rafael en las noches y le cobra por el servicio $ 5.000 diarios.

Y así transcurren los días de un hombre luchador como Rafael que a pesar de los golpes que la vida le ha propinado permanece con una sonrisa en su rostro, sonrisa que el dinero no puede comprar porque no tiene valor.